sábado, 22 de febrero de 2020

"Estos días azules..."





“Estos días azules y este sol de la infancia” Antonio Machado,22 de febrero de 1939. Colliure (Francia)

Este es el último verso que escribió Antonio Machado. Lo encontraron tras su muerte en un papel arrugado en el bolsillo de su chaqueta  ese 22 de febrero de 1939 (hace hoy 81 años) en el exilio.

¿Por qué será que en los momentos cruciales de nuestras vidas todos volvemos a la infancia? ¿Será quizás porque la infancia de cada uno de nosotros fue ese “lugar-tiempo” donde por una vez (la única vez) nos sentimos dueños absolutos de nuestras vidas?

Me imagino al poeta en ese último día, cuando ya presentía su muerte, volviendo a aquel sol de su infancia sevillana que todo lo iluminaba, a aquellos días azules llenos de alegría, de juegos, de dicha al fin y al cabo. De esa dicha que sentimos cuando el tiempo es aún nuestro amigo y aliado y no ese monstruo en que se convierte más tarde, cuando empezamos a ser conscientes  de que día a día nos va devorando sin remedio.

Me lo imagino volviendo con el pensamiento a aquel patio sevillano que aparece ya en el primer verso de su maravilloso poema Retrato, del libro Campos de Castilla:

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
  y un huerto claro donde madura el limonero…”
 
Para un hombre de la sensibilidad de Antonio, esos últimos meses en Francia debieron de ser un infierno. Sin patria, sin amigos, sin alegría, sin vida…con el único consuelo de cuidar de su madre anciana y enferma, como él. Recurrir entonces a aquellos lejanos días azules era el único aliciente de un poeta elevado con todo merecimiento a los altares del Olimpo poético, pero después, mucho después de su muerte.

Y es que por entonces, en ese gélido invierno de 1939, Machado era solo un exiliado más de aquella España gris y cainita donde los vencedores representaban todo aquello que él siempre despreció: el autoritarismo, la barbarie, el odio y la venganza.

Sí, me imagino al poeta en ese breve tiempo del exilio, cuidando de su madre anciana y recitando una y otra vez aquellos versos suyos tan certeros y premonitorios:

“Al borde del sendero, un día nos sentamos.
 Ya nuestra vida es tiempo y nuestra sola cuita
son las desesperadas posturas que tomamos
para aguardar…Mas Ella, no faltará a la cita.”

¿Se hará algún día justicia con Antonio Machado? ¿A qué esperan los sucesivos  gobiernos de esta democracia nuestra para trasladar sus restos al lugar donde vivió su feliz infancia y juventud, a su Sevilla natal? Creo que ya va siendo hora. Ningún país europeo se quedaría cruzado de brazos ante una situación así, ningún gobierno sería cómplice de semejante afrenta para con uno de sus más grandes poetas.










jueves, 16 de enero de 2020

Enero en la ventana






Ahí afuera,
 el vibrante silencio rompe todo equilibrio.
La luna se ha plantado –redonda, anaranjada-
sobre la vieja ermita que vela en La Montaña
por todas nuestras almas.
Venus tiembla en lo alto con brillos indecisos.

Palidecen de frío y abandono
las pálidas camelias del parterre .
Y el césped del jardín, se arropa poco a poco
con la sábana blanca de la helada.

Enero se presenta sin tapujos,
sin máscaras amables,
y me deja su aliento congelado
por todos los rincones de la casa.

La luna se ha escondido tras unas nubes negras
que sueñan con ser lluvia en la alborada.
La noche fluye gélida y hermosa.

Tiritando de frío y de nostalgia
de otras noches como esta junto al fuego
de tu cuerpo de ninfa apasionada,
me voy de la ventana.

Junto a los troncos muertos que crepitan
en la cálida y roja chimenea,
se adormece mi alma.
                                                                               Enero-2019


jueves, 7 de noviembre de 2019

El arroyo




Eran aquellas unas primaveras de lluvias generosas que inundaban los valles arrastrando monte abajo las cicatrices que se dejó en la tierra la aridez del invierno. Apenas caían las primeras gotas, se formaban hilillos de agua negra que arrastraban la mugre acumulada durante meses en la tierra baldía. Enseguida esos hilillos se juntaban con otros para crecer y descender laderas en forma de regatos alocados que, cual adolescentes fogosos, arrastraban hacia el valle piedras, ramas y matojos ya resecos con los que erosionaban el suelo hasta conseguir encajonar el torrente en un cauce a la medida.
                            
Cuando los regatos llegaban al valle, se unían al padre arroyo que bajaba del norte brincando entre peñascos o deslizándose por suaves desniveles alfombrados de pequeños y blanquísimos cantos rodados. Bajaba aportando al espectáculo de la primavera su propia banda sonora, una cantarina y monótona melodía de dulce sonsonete con arreglos de espuma.

En sus riberas, el trébol extendía retales verdes junto a los serios juncos que, en espigados ramilletes, balanceaban sus escuálidos tallos al compás de la música del agua, hasta conseguir mirarse, presumidos y coquetos, en el espejo del río. Delicadas matas de poleo, de presta, de hierbabuena, bañaban sus raíces en la tierra húmeda de las orillas mientras saturaban el aire con aromas mentolados. Y, en mitad del arroyo, allá donde la corriente se hacía balsa serena, algún nenúfar de flores amarillas jugaba a reposar su bella levedad.

Más adelante, cuando el desnivel del terreno se convertía en pendiente, como en una loca carrera, el agua tornaba a saltar con fuerza por encima de los peñascos redondos con su desbordante alegría de río joven  para caer después formando delicadas cortinas, tan delgadas, que se podía ver a través de ellas el verdor oscuro y misterioso de los musgos asidos a la piedra. Luego, como en una explosión de perlas, estallaba en mil gotitas, mil diamantes transparentes y juguetones acicalados con destellos irisados que pintaba en ellos el sol del mediodía.

Aquellas mañanas de las primaveras de mi infancia junto al arroyo, dejaron en mí un recuerdo tan intenso, con un sabor tan dulce a naturaleza en estado puro que, en más de una ocasión, me ha servido para atemperar el ardor de las heridas que me han ido dejando en el alma, a lo largo de los años, las diarias y resecas batallas por la vida.