viernes, 21 de marzo de 2025

Fragancias

 


A veces dudo si besé tus labios

y sé que los besé porque aún conservo

ese dulzor de eterna madrugada

entre estos labios míos ya desiertos.

 

A veces dudo si abracé tu cuerpo

y sé que lo abracé porque aún siento

que se abrasa mi piel cuando a la tarde

salgo a gritar tu nombre contra el viento.

 

Te amé, sé que te amé, aunque no pueda

decírtelo a la cara noblemente:

dejé que te marcharas, corza herida,

y tu adiós me dejó herido de muerte.

 

En noches como esta, cuando el aire

me regala fragancias ya olvidadas,

regresa a mi memoria aquel perfume

que exhalaba tu piel cuando me amabas.


                    Y entonces, las gardenias del jardín,
                      tan altivas en otras primaveras,
                      se rinden al aroma de tu cuerpo
                      que la noche les trae desde tu ausencia.

    

    

lunes, 10 de marzo de 2025

El último verano

 


Por entonces, las tardes eran silenciosas gaviotas suspendidas en vuelo sobre los arrecifes. Amarraban sus horas a nuestras emociones y nos dejaban libres del tormento del tiempo.

Subíamos cada tarde hasta el faro que corona el Monte de Poniente y allí, sentados al abrigo de su cilíndrico cuerpo de piedra y cal, muy juntos nuestros cuerpos, contemplábamos extasiados los últimos atardeceres de aquel verano. Sin mencionarlo una sola vez, éramos conscientes de que el final se acercaba inexorablemente. Cada día era más corto que el anterior, más fugaz y decadente a pesar de nuestras muestras de cariño.

Y el final, como estaba previsto, llegó. Septiembre nos separó definitivamente. Él marchó con su familia a su ciudad del sur de Francia y yo me quedé muda e inmóvil en mi pequeño pueblo costero.

En los días sucesivos a su marcha, seguí subiendo hasta el faro pero ya nada era igual. Mi caminar era el de una autómata cansada y los atardeceres ya no tenían el brillo y la prestancia de aquellos otros atardeceres de agosto. Sólo eran vulgares caídas de telón de final de una obra insulsa y sin gracia. Hasta las gaviotas se tornaron ruidosas y agresivas.

Solamente el faro mantenía su elegancia, impertérrito y enhiesto frente al horizonte. En cada atardecer, cuando encendía su ojo de cristal, lo movía lentamente hasta encontrar mi rostro para besar suavemente mis húmedas mejillas desoladas.

Una de las tardes de finales de septiembre, al llegar al faro, me pareció que algo había cambiado. No supe, en principio, saber qué. Pero tuve la extraña sensación de que todo era distinto a los días anteriores. El brillo del mar era más intenso. Las voces de los turistas, más cantarinas y agradables a mis oídos. Los gritos de las gaviotas, más soportables. Y las caricias de la luz del faro, más acogedoras. Un velero cruzaba la bahía lentamente y en mi se despertó el deseo infinito de formar parte de su tripulación, de ser uno de sus pasajeros. De sobrevolar el azul y llegar hasta su cubierta. De conocer a sus tripulantes y hasta de charlar con ellos de las cosas de la vida. En definitiva, de hacer nuevas amistades.

Esa tarde, al bajar hacia el pueblo, comencé a sonreír a todos los que se cruzaban conmigo. Esa tarde entendí el significado de aquella frase mítica que leí una vez siendo adolescente: “Si lloras porque no puedes ver el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Esa tarde entendí que la vida sigue y que los momentos felices no pueden ser eternos. Que son solo eso, momentos que hay que ir guardando en el saco de la memoria para cuando la soledad aprieta y nos ahoga.

Esa tarde supe que el amor volvía a rondarme, que estaba a punto de encontrarlo de nuevo y sonreí. Esa tarde me hice mujer definitivamente.

 

 

jueves, 27 de febrero de 2025

Quisiera

 

                          LXIV

Quisiera ser el viento que acaricia

tu cuerpo a la caída de la tarde,

quisiera ser el fuego que en ti arde

y sonroja tu piel, suave delicia.


Ser agua en manantial, fuente propicia

que riegue tu tristeza, que resguarde

tu hermosa juventud y que retarde

mil años tu vejez, negra injusticia.


Quisiera ser el río que se lleve

tus lágrimas amargas hasta el mar

y ahogarlas para siempre en lo profundo.


El vórtice perfecto que te eleve

hasta un cielo infinito donde amar

fuese la religión de nuestro mundo.