El
amor es un juego y, como juego, depende
del destino, del azar. Pocas
veces se gana. Casi
siempre se pierde. Mas,
no por ello dejamos de jugar. Si
en alguna ocasión –feliz encuentro- te
viste triunfante en el amor, ese
fue para ti tu gran fracaso porque
a seguir jugando te animó. Y
buscaste otro amor por todas partes, el
mismo amor que un día te colmó y
comprobaste que nada es como antes porque
amores iguales nunca hay dos. Amar
sí, con pasión en cada encuentro procurando
que no se apague nunca la
hoguera que mantiene su calor. Mas,
si un día de repente se apagara la
imprescindible llama del amor, nunca
intentes hacer brotar el fuego de
esa hoguera ya extinta y apagada, pues
en frías cenizas se tornó. Busca
nuevos caminos en el viento para
avivar de nuevo la ilusión. Haz
que brote con fe la nueva hoguera y
olvídate de sueños y quimeras: ¡porque
amores iguales nunca hay dos!