Sé que existes, que habitas en el mundo, en un lugar de ensueño mimado por los dioses que llaman armonía. Sé que existes, que tu nombre es embrujo, que ríes a todas horas sin motivo. Que el único motivo es el gozo de sentir por tu sangre deslizarse la vida. Te imagino perfecta y seductora siendo ninfa en ríos transparentes, náyade azul en las tranquilas fuentes y estallido de luz en cada aurora. Rebosas alegría y el deseo vive en tus labios rojos, dos pétalos con néctar que libar en cada atardecer de negros velos. Existes, aunque seas sólo un sueño trenzado de imposibles que persigo incansable desde siempre, desde el fondo sombrío de una cuna sin pátina, sin nombre, perdida en el abismo de los años, levitando en en la niebla del olvido. Nunca te alcanzaré. Si te alcanzara, mi vida perdería todo sentido, dejaría de vivir con la esperanza de poder encontrarte en cada aurora, de sentir tu presencia en cada soplo de viento en el otoño, en cada nube de cada atardecer cárdeno y frío.
Y al final serán ellas, las estrellas, los únicos testigos de la definitiva partida de los hombres. Al final serán ellas, sólo ellas, las que, en las noches eternas del invierno estelar y sólo por matar el tiempo que les sobra, se comentarán las unas a las otras que una vez existió en un bello planeta azul-milagro una especie tan extraña y dañina que sus individuos creían ser los dueños de todo lo existente. Y reirán como locas por nuestra pobre y ridícula arrogancia, por nuestros torpes planes de futuro, por nuestro inútil afán de querer ser eternos, inmortales, en algún paraíso diseñado a medida y vendido a la plebe a golpe de doctrina, con ilusas promesas, por cualquier esperado profeta iluminado. Pero también serán ellas, las estrellas, las que pierdan un poco de su brillo de puro aburrimiento cuando los hombres nos hayamos ido para siempre. El universo entonces, se quedará más solo que la una. Se dormirá mecido por el eco que dejaron por todos los rincones nuestras voces de niños malcriados, nuestros gritos de fieras sanguinarias enfermas de poder y de riquezas, nuestro llanto de ancianos caminantes hacia ninguna parte. Y luego, al despertar, sabrá que despertó de la más increíble y cruel pesadilla, del más disparatado de los sueños...