En llegando la noche retorno a preguntarme de una forma obsesiva qué hice aquellos días con su terco silencio.
Estaba allí, delante, con sus ansias ocultas. Todo el tiempo expectante, mirándome de frente -los ojos muy abiertos- muriéndose en la espera frente a mis titubeos. Ofreciéndose impúdico, desnudo de ropajes y pidiéndome a gritos silenciosos que le rompiera el alma con hermosas palabras. Que por algo se llamaba silencio, que para eso callaba, para ser violentado por el fuego del verbo más ardiente... Pero no hubo respuesta. Tan sólo, más silencio. Y en noches como esta me pregunto por qué durante un año a su silencio ardiente sólo supe responder días tras día con mi frío silencio.
Huyendo de mi sombra, negra estela cautiva de tus besos, llegué con algo turbio en la mirada porque nunca vi a nadie sonreírme.
En las tristes mañanas, entre cuatro paredes angustiadas de oír tanto silencio, me escapaba a través de la ventana hacia el cielo infinito y buscaba tus ojos ambarinos entre unas nubes, tan frágiles,tan vacuas, que se me hacían hilachas desprendidas de aquel vestido blanco que, una noche de encendida pasión, te dejaste enredado entre las zarzas.
Jamás logré encontrar tus ojos en lo alto. Ni tampoco, en el fugaz destello de las aguas del lago, donde un amanecer absurdo y lila, pensé en ahogar mi llanto. Nunca encontré tu nombre entre la hiedra que abrazaba el alero, ni pude ver jamás, entre los crisantemos amarillos, tu sonrisa hechicera.
Tan sólo, algunos gorriones ateridos sobre las ramas bajas de un chopo plateado, me cantaron, una tarde de lluvia y arco iris, nuestra triste canción.
Eso fue todo. Y mientras,yo, malgastando mi vida,dando tumbos cual barco a la deriva, por mares procelosos e incoloros. Saboreando, en cada atardecer gris y vacío, en cada sorbo de pena con limón, el recuerdo agridulce de tus besos... Enero-2011 (Reedición)