II
Eran bellas estatuas
de cartón-carne que alegraban la vista, que infundían ilusión a los extenuados
y sedientos adolescentes que éramos entonces, hartos de caminar en solitario
por el vasto desierto del amor. Vestían largos abrigos color tierra (¿color
carne?) y allí, entre las acacias de la plaza –auténticas palmeras de un
oasis-, todas puestas en orden como para un posado de estrellas de cine, se nos
antojaban diosas, diosas vírgenes con alma de domingo.
Luego, entre todas,
una. La de melena negra y brillante. La de piel rosada por el frío de enero. La
de ojos color miel con brillos irisados cual dos piedras de ámbar muy pulidas.
Su nombre era Candela y no era para menos: imposible llamarla de otra forma.
Quemaba de tan solo mirarla bajo el manto de nubes blanquecinas de aquel
invierno gélido. Y si tenías la suerte de que sus ojos se fijaran en los tuyos,
la mañana de enero se transformaba en cénit sofocante de un agosto en fiesta
entre trigales.
Y cuando al fin
llegaba verano y con él las esperadas fiestas de agosto, todo se vestía de
gala, incluidos los corazones. De repente, cualquier mañana de las de comienzo
del mes, amanecía el día con colores distintos, más luminosos, más exóticos.
Con aromas distintos donde los humildes dondiegos del cine de verano apagaban
su aroma para dar paso al romero en los coloridos balcones o al poleo y la
juncia de los pocos arroyos que aún tenían agua. Con sonidos armónicos que,
provenientes de los aparatos de radio de cada hogar, nos hacían caminar
moviendo nuestros cuerpos calle abajo aún algo oxidados por el frío del último
invierno.
Y a la noche, el
baile. Era aquel un patio amplio, con naranjos y un escenario en altura donde
cinco músicos de melenas generosas animaban el ambiente lo mejor que sabían.
Ellas, flores multicolores con minifaldas ajustadas, coloretes en las mejillas
y brillo en los ojos, se sentaban alrededor de la pista a esperar a que las
sacaran a bailar. Y nosotros, cual abejorros revoloteando a su alrededor,
dábamos vueltas y vueltas buscando la flor adecuada, la más colorida, para
libar algo de su esencia agarrados a su estrecha cintura de flor silvestre. Y
cuando la más hermosa, la más deseada, te decía que sí, que bailaba contigo, el
mundo parecía ceder bajo tus pies de hombrecito en ciernes. La música de la
orquesta se transformaba entonces en dulce miel para los sentidos. Y nuestros
corazones brincaban al compás de los golpes de la batería. Y aunque solo fuera
un baile (más daba que hablar) ya era suficiente para regresar más tarde a casa
flotando sobre los rollos de las calles empedradas y solitarias a esa hora
mágica y feliz. Los sueños se vestían de bosque frondoso de relajantes sonidos.
Los labios se humedecían y el cuerpo entero se elevaba hasta alcanzar un estado
nunca alcanzado. Y todo ello solo de pensar en ella, en sus ojos , en sus
caderas…Las mismas que estas torpes manos habían logrado al fin tocar.
Tras las fiestas, en septiembre,
cuando el nuevo curso empezaba allá en la ciudad, nos íbamos en bloque en busca
de la cultura, del saber, del porvenir. Por Navidad, la fiebre del verano
empezaba a declinar. Y en la siguiente primavera, terminaba por desaparecer
definitivamente… Y aquella Candela que iluminó mis inviernos, poco a poco, desde
entonces, comenzó a llamarse Olvido.