miércoles, 23 de noviembre de 2016

Telarañas




Nunca conocí a nadie como ella. Reía a carcajadas mientras lloraba por dentro. Incluso hacía reír a quienes rodeaban su tragedia. Mas, ninguno se dio cuenta de nada, nadie se percató del sentido último de su risa fingida. Nadie excepto yo. Me di cuenta enseguida, en una de aquellas primeras tardes de octubre nubladas y aburridas. Esa tarde se reía de todo, de las cosas más nimias. Y mientras se reía, miraba con  angustia  las feas telarañas de aquel antro sin alma. Pero yo ya sabía –lo aprendí de una diosa imposible y lejana- que cuando alguien ríe de verdad, mira siempre a los ojos de los otros, de los que ríen con él, nunca a las musarañas y menos a las telarañas…Por eso me di cuenta.Y enseguida pensé: “Su alma está también prendida en telarañas de tristeza por las que seguramente desfilan legiones de gotitas del rocío con vocación de lágrimas…”

Unos meses más tarde -¿recuerdas?- me dijiste aquello tan bonito de “tú me quitaste todas las telarañas de mis sucios rincones”.Pero las arañas son laboriosas, no paran de tejer siniestros hilos. Por eso regresaron a tu alma. Y esta vez fui yo, con mi adiós incomprensible y repentino, el que las despertó de su plácido sueño. Y no tengo perdón, bien que lo sé. Pero tal vez te sirva de consuelo saber que yo también terminé cayendo en una sucia red de telaraña, más grande aún que la tuya, más siniestra: la dolorosa telaraña de tu larga ausencia, de tu eterno olvido.







jueves, 3 de noviembre de 2016

Romance de la noche negra (Homenaje a Lorca)

                  
Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, Granada,1898-Viznar, Granada-1936

La fuerza de su poesía me animó siempre a escribir de forma auténtica y ,sobre todo, a escribir con el corazón, como lo hizo él .Sirva este pequeño homenaje para agradecer su generosa entrega a la poesía y al teatro durante toda su corta vida.


Romance de la noche negra.


Se oyen coplas escondidas 
en la noche de Granada.


”El corazón que tenía en la escuela 
donde estuvo pintada la cartilla primera,
¿está en ti, noche negra?” 


Coplas en la madrugada 
sobre cuerdas de guitarra.
Misterio, duende y pasión.
Y a la sierra de Granada,
se le enciende el corazón.

La copla vuelve a sonar…

”Pasaron cuatro jinetes 
sobre jacas andaluzas 
con trajes de azul y verde,
con largas capas oscuras” 


¡Que ya vienen! ¡Que ya vienen! 
¡Traen el odio en sus miradas! 
¡Que están llamando a la puerta! 
¡Que ya tu suerte está echada! 

Voces roncas por el llanto…

”Y a las nueve de la noche 
lo llevan al calabozo 
mientras los guardias civiles 
beben limonada todos” 

Agarrado a los barrotes 
de una celda oscura y fría,
vas repartiendo tus versos 
de vida por los caminos.
Una luna blanca y seria 
te mira desde lo alto 
y llora por tu destino.

Lamentos de soledad…


”Era madrugada. Nadie 
pudo asomarse a sus ojos 
abiertos al duro aire” 



Bajo la luna de plata 
y entre los olivos verdes,
solloza la madrugada.
¡Ya te llevan, Federico,
por los caminos desiertos 
hacia la noche olvidada.
Y hasta los juncos del río
lloran lágrimas amargas 
que les regala el rocío. 

¡Ay, que se lo llevan, madre! 


“Cuando las estrellas clavan 
rejones al agua gris…
voces de muerte sonaron 
cerca del Guadalquivir” 


Escudos de yugo y flechas 
sobre camisas azules;
corazones prisioneros 
por el odio y la ignorancia,
apuntaron sus fusiles.
Una descarga cerrada 
resonó en la madrugada. 

La copla llorando va…

“Ay, qué camino tan largo!
¡Ay, mi jaca valerosa!
¡Ay que la muerte me espera 
antes de llegar a Córdoba!”
 


Cuatro cuerpos inocentes 
besaban la tierra inerte 
sin saber por qué morían.
Las estrellas se encendían 
por el lado de poniente. 

¡Ay, triste noche sombría! 
Hoy, bajo la luna fría,
han dado muerte al poeta
pero vida a su poesía. 

            marzo-2011 (Reedición)







jueves, 22 de septiembre de 2016

Aquella tarde al pairo de sus ojos


Era la tarde bálsamo propicio
para el alma enclaustrada
en una piel ávida de otras manos.
El aire de septiembre se filtraba
por mis poros abiertos a la vida.
A la imaginación le crecían alas
para volar hasta los altozanos,
vecinos permanentes de lo azul.

Todo me olía a nuevo calle abajo
y el destino jugaba al escondite
detrás de cada esquina
con mis tercos anhelos, tan frágiles, tan niños;
con mis deseos ocultos de mancillar la tarde
a fuerza de ansiedad.
Todo era en mí un gritar desgarrado y profundo
que oía sólo yo.

La plaza hervía de vida y juventud.
Entre bromas y voces, estallaban las risas
de las locas muchachas que pasaban
sin apenas mirarme, como siempre,
como era habitual
incluso con mis veinte y pocos años.
Y las llamaba a gritos,
desde el fondo revuelto y magullado
por años de doctrina y soledad
de mi alma sedienta.

Y, de repente, ellas.
Venían con las mejillas encarnadas
cual náyades traviesas
volando entre paisajes ideales
inventados por mi imaginación calenturienta
de rapsoda perverso.
Me traían la brisa de los dulces veranos
allá entre los olivos de nuestra adolescencia.

Me hablaron de los tiempos en que el mundo
era un limpio remanso
donde flotaba aún cual nenúfar rosado
nuestra bella amistad.
Eran amigas fieles de juegos infantiles.
De tardes de paseo en pandilla
junto al río revuelto y juguetón
de los catorce años.

Pero no venían solas.
Por detrás de sus labios abiertos al recuerdo,
descubrí una sonrisa angelical.
Era de una belleza tan franca y oportuna,
que me quedé colgado del brillo de sus ojos
y ya no escuché más.
Se llamaba milagro, providencia, regalo…
¿su nombre? ¡Qué más da!
Llevaba tanto tiempo esperando esa mirada,
que nada me importaba, sólo ella,
su grandiosa presencia
revistiendo la tarde de trigales dorados
del color de su pelo,
de atardeceres ámbar
del color de sus ojos,
con túnicas de seda
del color de su piel.

Sin medida la amé cuanto sabía de amores,
con mi forma de amar de rapsoda sin mundo
y ella, sin perder para nada la sonrisa,
se dejaba querer.
Lo nuestro duró un año, un suspiro en el tiempo.
Una tarde de estío, se marchó
en busca de otras manos más cálidas, más vivas que las mías…
No supe retenerla.
Cuando llegó septiembre, otro septiembre,
volví a bajar las calles con el alma encogida.
La busqué sin descanso por todos los rincones,
en todas las miradas,
en cada atardecer cárdeno y malva.
La llamé con mi voz rota de frío
de mil noches en vela,
con la luz de esperanza de cada amanecer,
con cada luna llena,
con cada lluvia amiga, compañera de versos doloridos
buscando su recuerdo…
pero todo fue inútil.

Llegaron otros días, incluso otros amores.
Pero jamás conseguí desterrar
de mi triste memoria
la dulzura infantil de su eterna sonrisa
ni aquella tarde mágica que me llevó en volandas
por mares procelosos,
sin brújula, sin norte,
sin rumbo definido
al pairo de sus ojos.