Por llenar el vacío que me habita me volví recipiente de tu anhelo, me colgué de las nubes de tu cielo, me sentí en tu jardín rosa marchita. Por matar el hastío que me irrita me embriagué con el brillo de tu pelo, me perdí tras el cebo de tu anzuelo y bebí del rencor que en ti palpita. Y a nadie culpo, no, ni a ti siquiera, que de nadie es la culpa cuando el viento arrastra tras de sí las hojas muertas. Esperaré la nueva primavera y volveré pletórico y sediento a mendigar amor en otras puertas.
Creía que la soledad era estar solo, sin nadie a su lado con quien poder hablar, sin nadie con quien compartir un atardecer, con quien sentir el pálpito de la vida, con quien reír a carcajadas por las cosas absurdas del mundo... Pero ahora sabe que la auténtica soledad, la de las noches infinitas, la que te arrastra ciega hasta el abismo, la que te araña sádica la piel de los días, la que te roba vida, es mucho más que eso. Soledad es dejar de sentir la presencia callada de los que iban contigo a todas partes aunque estuviesen lejos.
Soledad es sentir que ya no sientes deseos de ver a nadie, deseos de hablar con nadie, de marchar junto a nadie. Es encontrar un enorme vacío en el mismo lugar donde guardabas montañas de ternura para ir regalando a quienes afirmaban a diario que te amaban. Soledad es dejar de presentir esa mirada fija y envolvente, suspendida en el aire de la noche que abrazaba tu infinita tristeza con ojos de lucero en el ocaso o de brillante estrella en la fría madrugada, aún desde la distancia más sublime, incluso desde el mudo confín del universo. Soledad es saber que la esperanza es ya solo una sombra del pasado que se quedó varada para siempre en las desiertas playas de un infierno que tiene su morada aquí, en la tierra.