domingo, 17 de agosto de 2014

En llegando el otoño




Cuando llega el otoño 
y la taimada tristeza 
acude a mí y me envuelve 
con su negro manto de bruja siniestra, 
me pongo a escuchar a Mónica 
para fundirme en un abrazo consentido 
con la dulce sensación 
de su frágil melancolía 
mientras me flagelo el corazón hasta que sangra 
con el látigo azul de tu recuerdo. 

Luego, 
ya roto y humillado, 
insensible a cualquier dolor, 
lo pongo a la venta a precio de saldo, 
ofreciéndoselo al mejor postor. 
Pero nadie se arriesga 
a comprar un corazón gastado ya, 
sin luz y envejecido, 
que solo late a plazos 
en cómodas entregas 
de recuerdos añejos y oxidados. 
Los mismos que me llevan cada noche 
hasta el desierto "boulevard"
de la rancia nostalgia, 
donde el tiempo se detiene 
y los sueños se agitan 
hasta nublar mis ojos. 

Cuando Mónica suena, 
me reservo una entrada de las primeras filas 
para el concierto más nostálgico y lacrimoso 
de la temporada otoño-invierno. 

Pero, eso sí,  
en llegando el buen tiempo, 
la encierro bajo llave en un armario 
hasta la llegada del próximo otoño. 

Y es que el loco verano 
no es tiempo de nostalgias...





jueves, 7 de agosto de 2014

Platero y yo


  



-I-
Préstame, Juan Ramón, unos días a Platero.
Que quisiera mostrarle esta luna de abril
que asoma su carita arrebolada
por detrás de los pinos.
Esta luna, la misma, que él se bebió una noche
en un cubo de agua con náufragos luceros.

Déjame que le hable de la flor del camino
o del paisaje grana en los atardeceres del verano.
Que lo baje hasta el río
para que su bocaza de burro asustadizo
se llene de nenúfares azules al beber de sus aguas cristalinas.
Y para que, a la tarde,
cuando el sol achicharre con sus rayos al pueblo,
subamos él y yo a lo alto del cerro
a echarnos la siesta
bajo la sombra densa y refrescante
de nuestro amigo, el pino de la Corona...

¡Hablé tanto con él cuando a mis quince años
lo descubrí una tarde de otoño 
transportando tu espíritu "nostáljico"!
¡Cómo os echo de menos!
Tú, de negro,  espigado,
con esa barba nazarena de bohemio arrepentido,
cansado ya de viajes y de urbes populosas.
Él, pequeño, rebelde,
todavía un burro-niño,
con ansias de trotar entre las florecillas
que tapizan el prado.
¡Vaya par de poetas soñadores y extraños!
Con la sola presencia de vuestros desvaríos
regresando del campo borrachos de verdores,
asustabais a los niños pobres de Moguer
cuando jugaban a ser mendigos al anochecer
por las últimas callejas del pueblo...



                                
  -II-

¡Préstamelo unos días, Juan Ramón! 

que quisiera contarle 
cómo ha cambiado el mundo desde entonces. 
Le diría, por ejemplo,
que apenas hay ya hombres en los campos. 
Que aquellos niños pobres de Moguer,
hace tiempo que dejaron de jugar a fantasmas 
en los anocheceres con niebla del invierno. 
Que el coche de las siete ya no pasa,
que ya no trae viajeros hasta el pueblo. 
Y, tal vez lo más triste, 
que apenas quedan burros,
que casi se extinguieron.
Y es que ya, no los necesitamos.
Porque ahora nuestros burros son mucho más veloces. 
Para llegar los primeros al vacío infinito de la vida 
o a la infinita nada de la muerte. 

¡Ay Platero! 
Daría cualquier cosa por volver 
a mi atormentada adolescencia.
Y pasear contigo 
por los blancos caminos de mis eternos miedos. 
Para, al anochecer,
volver de nuevo a casa
sobre tu trote alegre de burrillo asustado, igual que yo.
Deseando los dos que lleguen cuanto antes nuestros miedos 
a la segura calidez de las primeras callejas del pueblo.
El mismo pueblo que al amanecer,
bajo la suave caricia de un sol recién nacido,
se transformará en el bello y seguro paraíso 
de los burros miedosos como tú 
y de los hombres tristes como yo. 

¡Ay Platero!




Sirva este poema como pequeño homenaje a la inmortal obra de Juan Ramón Jiménez  que este año cumple cien desde su publicación en 1914.

jueves, 31 de julio de 2014

Conil








Acuarela con barcas c de mil colores
recortando siluetas sobre la mar,

casitas agrupadas, blancas de cal

y en la playa, turistas y pescadores.


Es verano y la noche se vuelve fiesta,
por las calles se vive, pleno, el amor;
en la plaza hay adornos de cadenetas
y en el aire compases de acordeón.

Mañana de domingo. Sobre la arena
de la playa, mil voces. El cielo añil.
Se subastan cigalas y camarones,
sardinas, pescaítos y boquerones
recién sacados de la mar de Conil.

                                   1990 (Reedición)