sábado, 5 de septiembre de 2020

El beso-nube y la hiedra

 


La conoció un atardecer del final de un verano y se encendió su estrella. Durante un año pasearon de la mano por calles estrechas y por grandes avenidas. Rieron  bajo la lluvia y lloraron frente a la vida. Se abrazaron entre luces de neón y, una noche de luna llena, se atrevió a besarla. Ella no dijo nada y el beso se evaporó hasta hacerse nube . Luego, un nefasto día del siguiente verano, ella se marchó, así, de repente.

  Con la llegada del otoño, aquel beso-nube se transformó en lluvia y fue entonces cuando derramó sobre la tierra reseca, con toda la pasión retenida en su cuerpo de nube, la más fina y delicada lluvia jamás vertida por nube alguna. Con ella regó el corazón de todos aquellos enamorados que un mal día perdieron para siempre a quienes amaban.

Su  estrella entonces, que permanecía de nuevo apagada desde que ella se fue, volvió a brillar agradecida al encontrar un nuevo amor en otro atardecer, esta vez de una incipiente primavera

Y es que un amor vivido intensamente jamás se pierde del todo. En el aire de los días tristes y solitarios permanece su recuerdo en forma de aromas, de palabras, de sonrisas que nos llegan como a ráfagas para quedarse enredadas todas ellas cual hiedra trepadora entre el ramaje de nuestro dolor de ausencia. Y así, con el tiempo, terminan por tejer un manto verde alrededor de nuestro corazón. Un manto que florecerá cualquier primavera sin nosotros apenas notarlo. Y es entonces cuando, gracias a aquella inolvidable experiencia de un amor lejano, terminamos por encontrar otro amor que, sin ocupar nunca el lugar de aquel, llenará otra vez de ilusiones nuestra vida corriendo paralelo al antiguo cual riachuelo joven repleto de nuevas energías.

Es el prodigioso milagro del amor, que es tanto como decir el milagro de la vida.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

Alma de mar

                                           Playa de San Lorenzo-Gijón (Fotografía propia)



De haber nacido junto al mar,

habría yo derrochado en admirarlo

tantas horas de sueño,

que el rumor de las olas

sería hoy para mí

la dulce melodía que impulsara

como banda sonora imprescindible

a mi torpe y cansado corazón,

agotado delfín de tierra adentro.


De haber vivido frente al mar,

mis ojos, agostados de páramos sedientos,

serían  inmensos lagos 

-dos zafiros con sal-

donde tú acudirías a navegar

desplegando las velas del deseo

en las cálidas noches del estío.


De haber logrado ser alma de mar,

todos mis sueños hoy serían nubes

viajando con su carga de líquida pasión

hasta la blanca playa

de tu piel impaciente.

 

 

 

 

 

 

 

martes, 11 de agosto de 2020

En un recodo del tiempo

 

¡Cuánto tiempo sin mirarme!
¡Cuánto, sin explorar en mi fondo,
sin agitar mi conciencia!
¡Debo tener tanto trasto amontonado,
tanto sueño polvoriento!

Hace mucho que no bajo
a mi dormido silencio
donde todo permanece
inerte y aletargado
en un recodo del tiempo.
Allí fue todo a parar
desde entonces, sin remedio.

Hoy quiero volver allá
como el sol vuelve a mi huerto.
Hoy quiero clasificar,
por quedarme con lo bueno,
todo lo que yace muerto
en el recodo fatal.

Tuvo la culpa un agosto
preñado de juventud.
Tuvo la culpa el azul
de aquel cielo caprichoso.
Una ilusión tan ilusa
como pensar que la vida
 
sería mañana mejor.
Un jugarte lo que amas
para, al fin, perderlo todo.


Vuelve a silbar otra vez
el viento que me hace coro.
Vuelvo a llorar otra vez
el tiempo que llevo solo.
De nuevo vuelvo a pensar
en tu amor -en el recodo-
donde se quedó parado
para siempre,
desde entonces,
todo.