domingo, 30 de abril de 2017

Días luminosos





Tenían tanta luz aquellos días
que incluso en las entrañas de la más negra sombra
podía ver tus ojos apacibles
escrutando mi alma.

Y eso que por entonces
apenas te miraba así, de frente
–pensaba que tus ojos podían delatarme-
Yo usaba más los labios y la lengua
–incluso para hablar-
por ser mucho más dúctiles,
más dados al reencuentro, a la conquista fácil…
-o eso pensaba yo-

Y al besarte -¿recuerdas?-
yo te hablaba de amor;
tú a mí, de libertad.

Me hablabas de otras vidas
avanzando sin rumbo
 por la intrincada selva del destino.
De los tristes mendigos que duermen en Madrid
en los bancos del metro.
De los niños aquellos que corrían por tu barrio
sin padres ni futuro.
Decías: “Son carne de cañón,
pero son seres libres como el viento de marzo”

Así eras tú de ingenua,
de un candor insultante.
Pero seguí tu juego
porque me interesaba,
y me quedé a tu lado por un tiempo prudente
aún sabiendo que el pilar de tu mundo
no era más que un invento de poetas sin juicio,
más locos que las nubes en abril.
(Eso sí,
los únicos poetas
que sienten en sus carnes la poesía).


Luego,
una tarde de euforia colectiva,
cuando aquella tormenta de verano,
me marché tras la gente
que gritaba consignas de grandeza
y ofrecían promesas de futuro.
Y ya no te vi más…

Al cabo de los años,
una gélida noche,
de las muchas que pasé en soledad
tras el brutal fracaso de mi vida,
comprendí de repente
cuanta razón tenías.

Sólo tú conocías el secreto,
el camino correcto
hacia la clara luz de la verdad.
Y todo lo demás eran falacias,
inventos peregrinos vestidos de oropel.
Lo único importante al fin y al cabo
es ser dueño absoluto de tu tiempo
(de nada sirve poseer el mundo
si no es en libertad).

Y tan bien lo sabías,
tan convencida estabas,
que me dejaste partir tras la quimera
sin sujetar mis bridas,
sin alterar mis torpes anhelos de grandeza
de transformar el mundo
aún sabiendo que todo era tan vano e imposible
como beberse el mar.

La vida es justiciera:
te castiga por todos tus errores
el resto de tus días
con la llama cruel de los recuerdos
sin que jamás te permita volver
para cerrar con llaves redentoras
las terribles heridas del pasado!

¡Tenían tanta luz aquellos días!




domingo, 2 de abril de 2017

Abril


                        "...abril para soñar..." -Carlos Cano

Llega este abril perezoso
contagiando su desgana.
Se presentó esta mañana.
Me ha  encontrado aletargado,
con  las ideas dormidas
y el corazón hibernando todavía.

¿Quién sabe? Puede  que pronto,
más o menos por el diez,
mi corazón aterido
comience a coger color
y a palpitar desbocado.

Y entonces te encontraré
cualquier tarde, entre jazmines,
cuando menos me lo espere.
Y me quedaré parado
frente a tu clara belleza.
Y me mirarás absorta.
Y no sabré qué decirte.
Y terminaré sentado, a tu lado,
sin ser capaz de partir.

Y al anochecer, sin rumbo,
caminaremos unidos
por las calles empedradas.
Y no harán falta palabras
para decirte te quiero,
ni la luz de los luceros
para ver tus ojos negros
encendidos de pasión.

Y así me harás tan dichoso
que jamás podré olvidar
que fue este abril perezoso
quien me trajo tu perfume,
tu piel de diosa imposible,
tu ternura y tu esplendor
 para dar luz a mi vida,
 calor a mi corazón.       




sábado, 25 de febrero de 2017

El viejo chopo


                    



Hoy regresé a tu sombra,
hoy llegué a descansar bajo la fronda
de tu poblada barba de anciano venerable.

Curtido en mil batallas al relente,
sabio en mil primaveras,
te dejaste la piel de tu corteza,
cien mil veces herida,
en perseguir la luz de la mañana,
en absorber la savia redentora
desde ocultos remansos en lo hondo.

Con cada nueva aurora,
le lavabas la cara a cada hoja
con agua cristalina del rocío
y acogías después entre tus ramas
a legiones de seres indefensos
o ahuyentabas a extraños y enemigos
con ráfagas heladas
que el frío viento del norte te prestaba.

¡Viejo chopo del río,
amigo de mi infancia y juventud!
Hoy vuelvo a tu quietud de árbol sereno
cansado ya de mundo y casi anciano
lo mismo que eres tú.
Hoy vengo a devolverte las caricias
que recibí a la sombra de tus hojas.
Hoy vuelvo a rodearte con mis brazos
el tronco ya arrugado y carcomido
por años soportando fríos inviernos
en triste soledad.

Tú eres, chopo del río,
el amigo más fiel que nunca tuve,
el amor más auténtico,
mi más cálido hogar.
Por eso,
cuando sienta mis últimos latidos,
cuando llegue mi hora,
quisiera descansar bajo tu copa,
cerca de tus raíces
y fundirme contigo en un último abrazo  
que eleve nuestras almas al paraíso
donde árboles y hombres que se amaron
vivan ya siempre unidos
por toda una infinita eternidad.