domingo, 6 de octubre de 2013

Soneto XLVII (Culpa fue de ese viento marinero)










Culpa fue de ese viento marinero:
de repente elevó tu corta falda
que voló hasta la base de tu espalda
y dejó al descubierto el mundo entero.

Iba yo, caminante pasajero,
observando  la mar verde esmeralda
pero al ver la traviesa minifalda
se nubló mi razón y casi muero.

Fue tanta la elegancia de ese vuelo
inundando de sueños la mañana,
que también yo volé buscando el cielo.

Y es que al ver tu belleza tan cercana,
mi floja piel, ya fría como el hielo,
se mudó en tibia piel, tersa y lozana.




domingo, 29 de septiembre de 2013

El puente (Reedición)




                                 Puente romano de Alcántara (Cáceres), sobre el río Tajo.

                                      


He cruzado el viejo puente
sobre el río.

Apoyado en la baranda
he observado la corriente
y he sentido
deseos de tocar el agua,
de hundirme en sus remolinos,
por ver si haciendo el camino
sumergido en la corriente,
doy a mi vida sentido.

El río sabe donde va,
pero yo,
descarriado caminante,
he olvidado mi destino.

He cruzado el viejo puente
y, después de un tiempo eterno
observando la corriente,
he seguido mi camino.

                                             
                                                                Mayo-2010



                    


             



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   




miércoles, 25 de septiembre de 2013

Entre viñedos



Septiembre se nos muere
con jirones de nubes adheridas
a ese cielo, aún azul,
de este largo verano que se niega a dejarnos.

Fenece y se marchita
entre ocasos sangrientos
y amaneceres planos
con la justa ilusión para seguir andando...

Por oriente nos llegan
esas primeras ráfagas de un otoño aún niño.
Tal vez sean
los suspiros de amor de esa belleza pálida
-eterna soñadora-
de esa luna tan llena de septiembre
que, en estas noches aún claras,
se muestra más hermosa todavía
que aquellas otras lunas del estío.

El aire se abonanza, se hace brisa
y, ahora, sus caricias,
se tornan más suaves.
Ya no es aquel sofoco
de las rachas de agosto, tan osadas,
tan descaradamente apasionadas,
que nos hacían hervir la sangre, ya caliente.

Hay como un suave manto de ternura
envolviéndolo todo.

Y envuelve nuestros miedos,
nuestra atávica angustia
a que un día cualquiera nos roben nuestros sueños.

Las tardes se atemperan.
Septiembre se despide madurando
los últimos viñedos.